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22 de julio

Santa Maria Magdalena



María Magdalena irrumpe en el Evangelio y en la historia cuando entra en Casa del fariseo Simón. La escena relatada por San Lucas (7,36-50) parte en dos vertientes la vida de esta mujer: antes y después de su encuentro con Jesús. De este episodio, que la liturgia nos propone en el Evangelio de su fiesta, hemos de arrancar para conocerla. Delicadamente, el evangelista silencia en este lugar su nombre, pero en el capítulo siguiente nos habla de María Magdalena, de quien Jesús había arrojado siete demonios (Lc. 8,2).
Recogiendo los datos necesarios para reconstruir "su pasado" hallamos que era una mujer pecadora que había en la ciudad (Lc. 7,37), que esta ciudad era Magdala, y que le fueron perdonados sus pecados porque había amado mucho (Lc. 7,47); luego antes de la escena en casa de Simón había conocido a Jesús, había sido transformada por Él.
Aludida por Él, María se estremeció desde sus plantas escuchando aturdida la defensa que ¡de ella! hacía el Maestro.
Lentamente irguió la cabeza y se atrevió, al fin, a mirarle.
—Mujer, perdonados te son tus pecados...
Movió ella los labios sin lograr emitir ningún sonido
—Tu fe te ha salvado, vete en paz (Lc. 7,36-50),
Las palabras del Señor fueron eficaces en su alma, que quedó inundada de paz.
María, renovada y libre, se une al grupo de mujeres que asisten a Jesús. En adelante su vida aparece íntimamente trenzada con los principales acontecimientos de la vida de Cristo: vicisitudes de su ministerio mesiánico, pasión y muerte, resurrección.
Y aconteció luego que recorrió Él una tras otra las ciudades y aldeas predicando y anunciando la buena nueva del Reino de Dios. Con Él iban los doce y algunas mujeres... María, la llamada Magdalena, de la cual habían salido siete demonios, y Juana, la mujer de Cuza..., y otras muchas que le servían con sus haberes (Lc. 8,1-3).
Seguir a Jesús, servirle, pudo parecer a Magdalena una felicidad indecible. Pronto comprobó que estaba sembrado de sacrificios. Pero amaba. Amaba con sinceridad, tenía una deuda que pagar y siguió adelante.
María Magdalena será siempre en el santoral romano el prototipo de la mujer que, habiendo pecado, se convierte en un rendimiento total al amor divino. A la gracia de la conversión que se operó en ella, sin duda alguna, por la predicación y los milagros de Jesús, María responde con la confesión humillante de su culpa en casa de Simón. Después del perdón se consagra totalmente al servicio del Maestro y le sigue hasta la cruz como no fueron capaces de seguirle los discípulos.
Muerto no le abandona. Quiere rescatar su cuerpo... ni siquiera ve su impotencia para hacerlo, ni los peligros que entraña su deseo. Jesús recompensa su fidelidad con la gracia inmensa de su primera aparición. A partir de este momento se inicia en aquella alma una fase de madurez que hemos creído ver en la frase de Jesús: No me toques.
La fe en la soledad y la constancia del servicio en una vida olvidada de reparación, como de quien ha visto morir a Jesús por ella, la conducen a los altares. La Iglesia la propone en el día de hoy para ejemplo nuestro.