Als 4 vents

PREPARAR LOS CAMINOS


Hay tres personajes clave sobre los que invito a meditar en el Adviento: la Virgen María, su esposo San José y Juan el Bautista. Y un escenario: Galilea y el río Jordán.

María y José vivían en Nazaret, una aldea galilea de muy escasa relevancia; mucho menor que Cafarnaúm, o las poblaciones más norteñas de Cesárea de Filipo, Tiro y Sidón. Pero en ella residía quien iba a ser la Madre del Redentor, desposada con José, un humilde artesano.

La redención tuvo un marco histórico y geográfico muy concreto. Es lógico pues que nos imaginemos cómo sería la vida de María y José en Nazaret y cómo fue su viaje a Belén, cerca de Jerusalén, en los días del obligado empadronamiento. María es la persona que supera a todas, la llena de gracia, la Madre de Dios. Y José es su esposo, fiel a la voluntad divina desde su humildad, dispuesto a trabajar o a mudarse de ciudad cuando era necesario.

Cuando los galileos se desplazaban a Jerusalén, a pie o en asno, seguían el curso del río Jordán, unos 150 kilómetros, atravesando terrenos áridos hasta llegar al oasis de Jericó, ya a las puertas de Judea y de la Ciudad Santa.

También contemplamos al precursor, Juan el Bautista, primero en Ain Karim, pueblo de las montañas de Judea, adonde acudió María para acompañar a su prima Isabel. Y, pasados los años, en la orilla del Jordán, el curso de agua que recorre de arriba abajo el mapa de Palestina. En la archidiócesis de Tarragona hay muchas parroquias que tienen por patrono al Bautista, y en algunos retablos aparece dibujado el Jordán.

Desde antes de nacer hasta su sacrificio en manos de Herodes, la vida de Juan tuvo una misión excelsa: preparar los caminos del Señor. En el Evangelio de San Lucas, se lee: «A ti niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos». Para ello se entrega a la misión de su vida, con largas penitencias en el desierto, en la pobreza más extrema, y consigue reunir a multitudes a las que bautiza… hasta que llega Jesús, de quien se confiesa indigno de desatar las sandalias.

A los cristianos nos toca seguir preparando los caminos del Señor a quienes no le han conocido nunca –como hacen los misioneros– o de dar testimonio de Él ante quienes han oído hablar de Jesucristo, o que incluso le siguieron un día y se han extraviado luego en los senderos de la vida. El Adviento es tiempo de conversión para muchos, comenzando por nosotros mismos.